De razones y pasiones

Rafael Pérez Cárdenas

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Ayer nadie les llamó…

El periodismo en Veracruz está tan ocupado en servir de espacio para la propaganda electoral, en desentrañar fake news, cubrir la agenda diaria, esparcir rumores y especulaciones o hacer una reseña cuantitativa de larga noche a la que nos ha obligado la delincuencia, que se ha olvidado de lo principal: contar historias.
viernes, 11 de mayo de 2018
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El periodismo en Veracruz está tan ocupado en servir de espacio para la propaganda electoral, en desentrañar fake news, cubrir la agenda diaria, esparcir rumores y especulaciones o hacer una reseña cuantitativa de larga noche a la que nos ha obligado la delincuencia, que se ha olvidado de lo principal: contar historias.

Así, mientras las redes rebosaban de postales familiares, pensamientos y parabienes para celebrar el Día de las Madres, la mayoría de los medios electrónicos y digitales dieron cobertura a las tantas marchas a lo largo del estado que realizaron madres de personas desaparecidas y que hoy nada tienen que festejar.

Y frente a esa cascada inagotable de historias, los periodistas nos hemos quedado varados en la nota informativa, en poner una grabadora frente al dolor y transcribir lo que han dicho, sólo para cubrir con la cuota de entregas.

Así será al menos hasta la siguiente tragedia, hasta la siguiente marcha, hasta la siguiente manta, donde la solidaridad es tan efímera como la información misma.

Ayer a cientos de madres veracruzanas nadie les llamó. Y no les llamaron porque no saben dónde están sus hijos; y aunque la confianza de encontrarlos se ha desvanecido para dar lugar al reclamo de justicia -presumiendo un fatal desenlace luego del tiempo transcurrido sin noticia alguna-, la verdad es que muchas de ellas guardaban un suave aliento de esperanza de tener el abrazo de quien ha desaparecido.

No era un día de fiesta, era un día de protestas. Así lo testimoniaron muchos medios. ¿Pero qué ha pasado con las historias personales que celosamente se guardan detrás de cada fotografía que atiborran las mantas? Por qué tan pocos se ha ocupado de lo que ha pasado con los hijos, con los padres, con aquéllos que sufren la fractura insoldable de una familia; que han sido lanzados a la incertidumbre de un futuro en la pobreza y la orfandad.

¿Qué ha pasado con los jóvenes que estudiaban? ¿Con los hijos que sostenían a su familia?, ¿Con los que murieron o desaparecieron sin causa alguna? ¿Con quienes se han olvidado su nombre para convertirse en un expediente? incluso, con aquéllos que desafiaron la suerte y decidieron escudriñar en la oscuridad de la delincuencia una oportunidad de poder y dinero, lo que al final les terminó costando la vida.

Tal vez a muchos veracruzanos no les importe, pero el dolor de la familia es suficiente para saber qué pasó con ellos, con sus vidas, con sus cuerpos.

¿Qué nos impide contar esas historias que nos acerque a la verdad? Y ¿por qué no?, tal vez a la justicia.

Nadie ignora que una historia que logra un lugar en los medios, que conmueve o indigna, que involucra la afinidad de las personas, de la audiencia, tiene mayores probabilidades de encontrar el final adecuado, aunque no sea necesariamente feliz.

¿Entonces por qué no contamos esas historias?

Pero no desde la temeraria intromisión a las causas que llevaron a la muerte o la desaparición de las personas -esa es la tarea de las autoridades, por mucho que sean incapaces de realizarla- sino desde el cosmos personal, ese que nos genere empatía y nos genere conciencia sobre la forma de mitigar la barbarie que estamos viviendo en Veracruz.

Muchas de las madres que marcharon ayer tienen mucho dolor que gritar, y lo seguirán haciendo. Pero también tienen muchas cosas que compartir en voz baja; las cosas que no pudieron decirle a sus hijos, a sus esposos, a sus seres queridos y que hoy no tienen más que darles, sólo el reclamo de justicia.

Porque si los periodistas contamos historias, buenas historias, estaremos haciendo nuestro trabajo; pero tal vez estaremos compartiendo a otros lo que sucede cuando confluyen una serie de factores; podríamos decir, sin afán de morbo informativo, cómo es el corazón de una madre cuando la tragedia la abraza.

O lo que pasará con los hijos cuando se queden solos; lo que pensarán al paso del tiempo cuando descubran que nadie sabe qué pasó con sus padres.

Por eso se agradece que los periodistas locales apuesten por las historias; que haya espacios que no les preocupe más la publicidad -tan necesaria para ejercer libremente el periodismo-, que el oficio mismo.

Si ayer a muchas mamás nadie les llamó, ¿por qué no hacerlo nosotros...? Y empezamos a reconciliarnos con el periodismo y la sociedad.

Las del estribo...

  1. La guerra de encuestas le va a poner sabor al caldo, sobre todo cuando las diferencias porcentuales entre unas y otras son abismales; cuando quien las lee está más interesado en descubrir quien las pagó que en los resultados que arroja. Cuando se sabe que el destino de Veracruz está sometida al voto duro de los partidos como consecuencia de la apatía de los electores.

  2. Según el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, en una década han desaparecido más de 5 mil personas en el estado de Veracruz. Como citamos en este espacio, es una población superior a la de muchos municipios de la entidad, lo que convierte este fenómeno en un verdadero genocidio que las autoridades prefieren ignorar.

 

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