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Un atleta-bebé llamado Messi

Argentina no morirá sino que se suicidará si no va al Mundial
martes, 10 de octubre de 2017
Por: Agencias
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"¿Qué ha cambiado en el siglo XXI?", se preguntaba Santiago Roncagliolo en su columna en el diario El Comercio. "Que los jugadores se han vuelto superhombres en lo físico... y bebés en lo psicológico", se respondía el mismo escritor peruano, como recordaba el periodista argentino Ezequiel Fernández Moores, antes del último partido de la Albiceleste.


Así se explicaría que un partido sencillo se haya convertido en una heroicidad para Argentina. Necesita ganar simplemente a Ecuador, que ya no es la selección que triunfó en el Monumental (0-2) sino que ahora cuenta con un técnico interino (el porteño Célico), los mejores jugadores no estarán (ni Valencia ni Caicedo) y suma cinco derrotas que le han dejado fuera del Mundial.

A Ecuador ni siquiera le favorece la condición de local después de sumar solo el 54% de los puntos disputados en estadios con la altura del Olímpico de Atahualpa (2.850 metros).

A Argentina le avala por el contrario su currículo y dispone además de un acreditado director técnico como Sampaoli y del mejor futbolista del mundo: Messi.

El problema es que ahora mismo la Albiceleste es incapaz incluso de ganar a la colista Venezuela. Nadie sabe manejar la federación (AFA), lleva tres seleccionadores en la fase de clasificación y ha utilizado hasta 45 futbolistas, y cuatro delanteros centros en los últimos cinco partidos; ya son cuatro también los encuentros sin marcar, pese a que es el equipo más rematador después de Brasil.

Hoy pagaría dinero seguramente para que cualquier jugador de Ecuador marcara en su propia portería como ocurrió con el venezolano Feltscher.

El drama es precisamente que Argentina depende un partido más de sí misma, no de los rivales, la peor de las circunstancias para un equipo al que le puede la presión, le pesa la zamarra y llega sin aire a Quito.

El contexto no es precisamente el mejor para la Albiceleste y menos para Messi. Ya no se habla de jugar en un país tan futbolero como Argentina. El fin justifica los medios y, por tanto, ni siquiera se le pide a Messi, sombrero en mano, una linda jugadita por el amor de Dios, como diría el bueno de Eduardo Galeano, quien cerraba su casa hasta a los vecinos cuando Uruguay jugaba la Copa del Mundo.

No necesita Argentina ni un líder ni un caudillo, tampoco los hay hoy en día, sino una pírrica victoria que le mantenga en vida camino de Rusia 2018.

Ocurre que Messi no juega para sobrevivir sino para ganar una Copa del Mundo, y hay quien teme que al 10 le dé un ataque de responsabilidad o de pánico cuando la mejor receta para su ego es el saludo de su hijo Thiago: "Papá, ¿otra vez te vas a gol?".

Aunque nunca verbalizó sus sentimientos y no parece que tenga miedo, Messi siempre funcionó mejor desde la naturalidad, sin heroísmos ni épica, con la pelota como bandera, especialmente en los partidos más exigentes, tanto dentro como fuera del Camp Nou.

No se recuerda ningún acto de rebeldía sino que se visualiza la cara de tristeza que puso cuando falló el penalti contra el Chelsea o después en la Copa América ante Chile.

Tampoco se sabe de un jugador moderno que haya guardado tanta fidelidad a un club (Barça) y a su selección (Argentina). Un día se supo que se quería ir del Camp Nou y le paró Tito Vilanova; se dijo después que tenía acordado su fichaje por el City de Guardiola y al final se desdijo para suerte del Barcelona; y renunció a la Albiceleste para regresar dos meses después, como si no hubiera pasado nada en el MetLife Stadium, reclutado por Edgardo Bauza.

A menudo parece como si nada pudiera ser ni pasar en el Barça ni en la Albiceleste sin Messi. A la selección no le fue nada bien cuando faltó el rosarino por sanción o lesión, circunstancia que explica precisamente la situación agónica que vive en su partido contra Ecuador.

Y el protagonismo de Messi ha aumentado con Sampaoli: ha generado mucho juego y creado varias ocasiones en situaciones difíciles por la cancha, por el arbitraje, por el rival, por las condiciones climáticas que se dan en América.

Quizá le ha faltado asociarse mejor, intermediar con volantes y medios para ser el origen y final del gol, como se advirtió ante Perú.

Nadie dudó, sin embargo, de su compromiso, y menos Sampaoli.

Al técnico le gustó el partido y jugará hoy con muchos de los que empataron en la Bombonera. Nada de arrebatos ni arengas; ya no hay vuelta atrás ni punto de inflexión en Quito.

Argentina no morirá sino que se suicidará si no va al Mundial. El desafío sigue siendo ganar con un buen equipo liderado por Messi. El 10 no es un cacique ni un pecho frío, sino un atleta completo, capaz de jugar mil y un partidos sin parar, y también un bebé en lo psicológico, indescifrable como tal, presa de la incertidumbre como toda Argentina.

 

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