Uriel Flores Aguayo

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Trivializar la violencia

Como ocurre prácticamente en todo nuestro país Veracruz no escapa a la ola de excesiva y monstruosa violencia, seguramente incrementada en los últimos años por la omisión y complicidad de todo tipo de autoridades. Lo que vemos son muestras de crueldad inaudita, proveniente de seres diabólicos; la violencia que nos azota viene del pasado y se nutre de los mismos factores que afectan a todo México.
viernes, 14 de abril de 2017
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Como ocurre prácticamente en todo nuestro país Veracruz no escapa a la ola de excesiva y monstruosa violencia, seguramente incrementada en los últimos años por la omisión y complicidad de todo tipo de autoridades.

Lo que vemos son muestras de crueldad inaudita, proveniente de seres diabólicos; la violencia que nos azota viene del pasado y se nutre de los mismos factores que afectan a todo México.

La fuerza económica y armada del narcotráfico es descomunal, tiene ingredientes internacionales, y desafía a los Estados nacionales, en lo individual, así como a los organismos mundiales; esas fuerzas corrompen, coptan y fijan una variedad de reglas.

Su incidencia en los ámbitos locales, como en Veracruz, le da enormes ventajas ante la debilidad o la corrupción de quienes debieran enfrentarlo, tal y como ocurrió recientemente.

La violencia criminal es promovida por fuerzas poderosas, está instalada en muchos ámbitos sociales y no respeta, obviamente, el color de los gobiernos ni procesos políticos como la alternancia; a esos grupos delincuenciales casi nada los detiene, realizan sus operaciones y, sin freno, se lanzan a ocupar otros espacios interviniendo, incluso, en actividades políticas.

Son un grave peligro para la convivencia y el desarrollo de nuestra sociedad. Su fuerza le viene del dinero y las armas pero han logrado avanzar desproporcionadamente por la debilidad de las instituciones, por la impunidad y las ambiciones de algunos sectores sociales.

Ante el terror que traen cuerpos esparcidos en los caminos, las fosas clandestinas y las imágenes de desaparecidos, así como las denuncias de secuestros y extorsiones, se esperarían declaraciones oficiales de emergencia y una actitud más firme de la ciudadanía.

De inicio, asumir la gravedad de esa situación y poner como prioridad la agenda de la seguridad y observación de la ley. Sin embargo eso no ocurre, ni en el gobierno federal ni en los partidos políticos, y tampoco en la sociedad.

Hay temores evidentes y afanes de desviar la mirada, evitando reconocer nuestro fracaso como gobierno de la República y todo el cuestionamiento al estilo de vida que hemos adoptado.

Digno de sorpresa y estudio es lo que ocurre en Veracruz, donde por primera vez hay un gobierno decidido a combatir realmente a la delincuencia de todo tipo y cumplir con el mandato popular generando condiciones de seguridad para la ciudadanía.

Este gobierno heredó un desastre en materia de seguridad, con hegemonía delincuencial y con policías involucradas mafiosamente; para ilustrar la profundidad del abandono en seguridad y orfandad de los ciudadanos basta referir que se encuentra preso el más reciente Secretario de seguridad pública.

En unos cuantos meses es prácticamente imposible revertir el oscuro escenario en esta materia, lo cual será posible en buena medida en plazo corto si tomamos en cuenta el cese a la impunidad, cero corrupción empezando por los mandos y el control absoluto de todas las fuerzas policiales.

Ante el drama que vive la sociedad veracruzana se esperaría seriedad generosa y disposición unitaria de todos, ciudadanos y líderes; sin embargo, hay conductas tan ligeras y erróneas que, sin quererlo, se vuelven parte del problema en algún grado de responsabilidad cómplice.

Tenemos al informador que hace amarillismo con los hechos de sangre y todo lo saca de contexto; tenemos al diputado y al político opositor que exige resultados en la más grande simpleza, sin asumir su parte como actores públicos; tenemos al directivo social de algo que clama justicia rehuyendo participación más activa en las soluciones.

En fin, se trivializa la violencia; al minimizar la desgracia que nos azota se facilitan las cosas a la delincuencia.

Una actitud democrática implica unidad sin poses facciosas y politiqueras, la violencia no distingue colores, su origen mayor es mucho superior a un gobierno estatal y a un partido político; debería borrarse todo tipo de sectarismo.

Es obvio que se debe cuidar y fortalecer el tejido social, observar la legalidad sin excepciones y embarnecer el Estado de Derecho, dándonos instituciones de seguridad ciudadana confiables y eficaces.

Ufa.1959@gmail.com

Recadito: Siempre hay partidos "atrapa todo", las justificaciones varían con el tiempo.

 

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